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sábado, 9 de mayo de 2020

Andrew





Querido amigo,

Nunca aprendí a leer, mi único remordimiento en una vida que de algún modo fue feliz. De todas las oportunidades presentadas ante mí, fue la única que no experimenté.

Te preguntarás ahora, ¿cómo es que soy capaz de escribirte esta nota? De hecho, tengo estos pensamientos en voz alta y ellos se transcriben al papel. Un verdadero equipo moderno este. Un perfecto y fácil modo para hablar contigo. Este momento nunca me cruzó por la mente cuando estaba vivo. Estaba muy atrapado simplemente en comer, para decirte la verdad. Era mi único enfoque en la vida. Tanto fue lo que hice que nunca tuve tiempo de ahondar en mucho más.

Nací en el año 1829 d. C.  en Harrisburg, Pensilvania. Mi padre era granjero y comerciante de productos lácteos. Noso­tros, como familia, hacíamos queso ahumado y, por supuesto, éramos proveedores de leche en nuestro mercado local. Esto era todo lo que yo sabía en la vida.

Mi hermano mayor, Jacob, me crio. Mis padres, atrapados en el contante movimiento de la rueda por la sobrevivencia, nunca pudieron escapar. Nunca pensé en Dios. Él era alguien que vivía en la iglesia de la esquina y solo aparecía los domingos. De cualquier modo, Él nunca estuvo cerca cuando estábamos extremadamente hambrientos.

Se me quedó atrapada la mano en un molino cuando tenía once años. Me dolió tanto que casi me desmayo. Jacob me la sacó, pero el hueso estaba ya hecho polvo. Nunca recuperé el uso de la mano. Estaba colgada a mi lado como un recuerdo constante de mi existencia, ahora desvalida. Aprendí a ser productivo con mi mano izquierda. «No hay espacio en una granja para tener alojamiento y comida gratis», diría mi padre. Nunca entendí por qué me sucedió eso. Muchos lo veían como una marca del demonio. Una penitencia por los malos pensa­mientos y fechorías. Yo era un niño de once años, ¿Qué maldad podría haberse escondido en este hecho?

Pasé diez años tratando de sobrevivir, tratando de comer y vivir. No era infeliz, simplemente estaba imbuido en el sustento de la forma física. En retrospectiva, lo comprendo. Era muy joven en el proceso.

Me caí de un vagón en el camino al mercado cuando tenía 17 años. Mi cabeza pegó a una roca y permanecí dormido. Mi familia malinterpretó mi dilema y me sepultó. Me sofoqué y fallecí. Quizás debería estar resentido. Quizás no. Ahora sé tanto que regresar a aquel lugar sería inútil. Fue un paso en mi evolución. Ahora espero otro huésped. Esta vez pienso que leer sería una prioridad. Esa vida en particular me otorgó un punto de referencia. Ahora sé que soy un alma joven en el camino del conocimiento. Ninguna vida es inservible. ¡Ah! Por cierto, el evento con mi mano fue un símbolo de mi incapacidad para querer alcanzar más en aquella vida. Ahora ya sé, para desear más. Un poco común, pero ciertamente importante en el próximo paso. Quiero aprender a leer.

Andrew

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Parting Notes
Autora April Crawford
Notas sobre la Partida
Traductora al español María Eugenia Mantilla



lunes, 27 de enero de 2020

Theresa





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     Querido amigo,

    Siempre dije que se me detendría el corazón si algo les su­cedía a mis hijos. Este pensamiento, sumado a los recientes hechos, ha cambiado mi percepción. Antes de que comience a relatarte mi historia, déjame decirte mi nombre: soy Theresa. También fui Ben, Joe, Cerphan y Rebecca. Estas cosas que sé me alejan de la confusión que muy seguramente estarás sin­tiendo en estos momentos.

    Déjanos comenzar con el momento de mi muerte. Mi deseo es darte una imagen clara de las cosas que conozco. Yo era Theresa. Era esposa, madre y amiga de muchos. Vivía en Fuigi, a las afueras de Roma. El tiempo exacto no es importante. La esencia de mi historia es mucho más que importante.

    En mi cultura la mujer era la figura central de la familia. Mi propósito era servir a mi esposo, darle hijos (preferiblemente varones, muchos varones) y alimentar a esos niños hasta la edad adulta. Nuestro propósito: el de propagar nuestro linaje para que nuestra parentela viviera por siempre. Le di a mi marido diecisiete hijos. Esto fue mi vida. Muchas mujeres como yo se desgastaban en el proceso. Sin embargo, gracias a mi fortaleza genética, sobreviví.

    Fue en el año 1917. Mis niños tenían entre nueve meses y veintitrés años de edad. La tierra era buena; nuestra cosecha, la mejor. Mi esposo Roberto y yo nos regocijábamos en nues­tra prosperidad. Nuestros hijos eran sanos. Muchos en nues­tro pueblo habían muerto de una enfermedad de los pulmones llamada tuberculosis. Dios nos sonrió, los nuestros vivieron bien.

    Recuerdo el sol siempre derramándose a través de la ven­tana de mi cocina. Me encantaba ver el cielo iluminarse al amanecer. En medio de las voces de los más chicos, abracé cada día con alegría. Y así, cada mañana hasta que llegaron los soldados. Aparecieron como hormigas saliendo al unísono de su hormiguero como si estuvieran todas acopladas a una sola mente. La primera vez que los vi estaba sacando agua del pozo. Mi corazón se me detuvo en seco mientras hacía mental­mente un inventario de mis hijos.

     Corriendo de vuelta a casa los reuní a todos adentro. Mi habilidad de contar se sobrepuso a mi alma en pánico. Conté dieciséis mientras buscaba por el que me faltaba. Era Eduardo, mi hijo mayor, la luz de mis ojos. Él estaba de regreso por el camino en frente de la casa, ausente de los recientes aconte­cimientos. Mi esposo estaba en el extremo norte de nuestra finca. Los soldados se acercaban por el sur. Estaba en mi casa completamente sola. Nadie tocaría a mis hijos.

  Todavía puedo ver los ojos rojos inyectados del comandan­te cuando sarcásticamente tocó la puerta. Sus hombres le habían salido al paso a mi hijo es su camino. Lo tenían agarrado fuertemente y estaban luchando contra sus intentos de soltarse. Aquella serpiente invitó a la cabeza de la casa a salir al frente. Comenzaron a golpear a mi primogénito. Ya que mi esposo no estaba, me asomé con firmeza por la puerta. La cara ensangrentada de Eduardo me llenó de coraje. Corrí ciegamente hacia el comandante y le pegué. Se rió de mi tontería. Imagina mi placer cuando sus ojos se abrieron de par en par sin poder creer que le acababa de disparar al pecho con la pistola de la familia.

     Era un arma antigua que pasó de generación en generación por más de cien años, marca Flintlock, creo. En la confusión, mi hijo, forcejeando, logró zafarse. Entonces los soldados soltaron sobre mí el peso completo de su ira. Todo en frente de mí desapareció en un profundo rugido.

     Abrí mis ojos una eternidad después. Esperaba algún tipo de dolor. No había ninguno. Estaba sola. Quería creer que todo estaba bien. Lentamente logré enfocar mi casa. Allí estaba. Por desgracia, busqué y no encontré evidencia de mis hijos. Mien­tras estuve inconsciente los soldados deben habérselos llevado. Todo lo que quedaba era tan solo el caparazón de la familia que tanto amaba. Esta tragedia absoluta me destruyó más allá de mis pensamientos más profundos. El tiempo se detuvo otra vez. Estaba sola. Alguien había destruido mi vida. Pensé en mis hijos… me hundí en el desespero.

     No sé cuánto tiempo me quedé pensando en la pérdida de mis hijos. Quizás fue solo un momento o inclusive una eternidad. La totalidad de mi ser sufría por ellos. Yo sabía que nunca podría recuperarme. Yo siempre dije que moriría si algo les acontecía a mis niños. Los días transcurrieron. Mi existencia parecía un zumbido en el vacío. Nadie nunca vino a verme. Parecía como si a todas las personas que conocía hubiesen dejado de existir. Empecé a fantasear acerca de cada uno de mis hijos. Mi favorito era Eduardo. Él era tan fuerte y bien parecido. Si no fuera por mí él todavía estaría vivo. Fui una mala madre que dejó morir a sus niños.

     En mi agonía vislumbré una pequeña sombra. Parecía engrandecerse cada vez que desviaba la mirada. Mi depresión no me permitió enfocarme, así que dejé que desapareciera. Sin embargo, luego sentí una mano en mi hombro. Seguramente que no era nada. Me la sacudí de encima; me sentía cómoda en mi agonía. Su voz fue lo que cautivó mi atención. Era Eduar­do. La sorpresa me dejó sin palabras mientras acariciaba su hermoso rostro. Sus ojos penetraron mi tristeza ¡Me sentí viva en mi propia muerte!

     Me habló suavemente al oído. Me relató la más increíble historia sobre una valiente mujer que se sacrificó por sus hijos para mantenerlos con vida. Esta madre estaba ahora dormida en un coma profundo entre la vida y la muerte. Nadie podía al­canzarla. Nadie, excepto un hijo cuyos sueños eran suficiente­mente lúcidos como para viajar hasta su madre cuando dormía. Su meta era soltarla de su propio autoimpuesto infierno. Susu­rrarle la verdad sobre el último día de su vida para que pudiera trascender a un nuevo comienzo. Sus hijos todos vivieron.

     En sus ojos vi la verdad. Era yo. Abracé a Eduardo por últi­ma vez como mi hijo. Habría otros roles que jugar. Mis niños se encontrarán conmigo otra vez. Levanté mis manos sobre mis ojos para protegerme del sol brillante. Eduardo caminó sobre la distancia hacia su vida. Luego yo me volví hacia mi nuevo horizonte. Qué hijo tan maravilloso era Eduardo. Luego me di cuenta de otros que parecían salir de ninguna parte. Mi coma había terminado. Había logrado mi meta. Logré proteger a mi prole. Estaba en paz.

     Theresa





Isaac: Era Navidad



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Querido amigo,


Era Navidad. Tiempo para la familia. Tiempo para dar, tiempo para comienzos y finales. Para mí fue un tiempo para ambas cosas. En aquel momento, sin embargo, parecía que lo que tenía era solo el final. Desesperadamente me aferré a él y había una lucecita de esperanza dentro de mí que pensó que si yo no soltaba, el final se disolvería.

Nunca pensé por mucho tiempo en el final. Siempre estaba fuera de mi alcance, en la distancia. Algo que le pasaba a los demás, pero nunca se acercaba a mí. Mandaba mis condolen­cias a aquellos que se iban quedando atrás. Los gestos apropia­dos seguidos por las costumbres apropiadas. El final llegaba solo para ellos, no para mí.

Imagina mi sorpresa cuando me llegó. No podía compren­der lo que me estaba sucediendo. Fue un accidente que ocurrió cuando conducía para ir de compras navideñas. Había termi­nado todo, pero me faltaban las tarjetas de navidad. Estaban en casa esperando ser escritas. Solo unas cosas más y habría terminado.

El rugido que precedió el golpe fue ensordecedor. Mi au­dición fue el único sentido que no me falló. Los vidrios rotos, el frenazo de los cauchos, mi propia respiración. Los percibí todos. No vi nada, no sentí nada, nada. Lo escuché todo. Luego había un silencio, uno muy puro.

Se me ocurrió que podría haberme desmayado. Nunca antes me había sucedido, pero uno nunca sabe. Traté de abrir mis ojos y no pude. Simplemente ya no funcionaban más. Este era el final. No estaba listo, me rehusé a irme. Parecía una pelea en su contra para tratar de sobreponerme. Me rehusé. Intentaba pensar cómo salirme de la situación en la que estaba, pero continuaba resbalándome hacia el final. No era que tenía miedo, simplemente estaba bravo, molesto, porque me iba a perder las navidades y muy bravo porque no iba a mandar las tarjetas de navidad este año.


Cuando el final estaba a punto de caer sobre mí, de repente me encontré en una habitación. No hubo ninguna explicación de lo que estaba ocurriendo, simplemente sucedió. En el cuarto encontré mis tarjetas navideñas ordenadas sobre una mesa. El final no ganaría hasta que yo las escribiera. Una débil victoria, pero me envolví en el poder de ésta y comencé a escribir. El final esperó pacientemente. Me tomé mi tiempo. Escribí todas las cosas que siempre había querido decirles a todos. Escribí cada carta con delicadeza. Si no podía ganarle al final, al me­nos vendría en mis propios términos.

Cuando sellé el último sobre me volteé hacia el final y ca­miné hacia él. Creí que era tiempo de ser valiente y aceptarlo. Mi único remordimiento era que nadie leería mis tarjetas de navidad. Me daría un gran bienestar saber que todos mis fami­liares y amigos pudieran tener mis últimas palabras.

Cerrando mis ojos acepté mi destino. Nada sucedió. No había ningún terrible fallecer. Ningún sufrimiento ni dientes crujiendo. De repente sentí mi cuerpo, un poco diferente, pero lo sentí casi igual. Había una pequeña partícula en la distancia que se estaba convirtiendo en nuevo horizonte. Un comienzo. Una voz interior me reveló que este era mi nuevo comienzo.


Cada comienzo está precedido por un final. Este era sólo uno en la larga cadena de evolución. Moviéndome ahora con nueva soltura y desenfado, estaba orgulloso de mí mismo. Me volteé atrás a mirar el final y vi algo extraordinario. Todas mis cartas fueron enviadas. Y en esa entrega, todos los que las reci­bieron también tuvieron un nuevo comienzo. Muy agradable.


Isaac




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     Isaac estuvo en coma por varios meses después de un fatal accidente automovilístico que ocurrió antes de la Navidad. Murió el 5 de abril de 1996. Cuando fueron a limpiar su apartamento no encontraron sus tarjetas. Sin embargo, veinticinco de sus familiares y amigos las recibieron de su parte en junio de aquel año. Todos pensaron que tardaron mucho tiempo en llegarles. Cada uno de ellos obtuvo consuelo en sus notas sin parecerles raro recibirlas. Simplemente pen­saron que la oficina postal era defectuosa. Ninguno de ellos se percató de la ausencia de estampillas en los sobres.

    [Este pie de página se recibió como parte de la carta]





Notas Sobre la Partida. Autora April Crawford.

  Autora: April Crawford ___________________________ Parting Notes Autora April Crawford Notas sobre la Partida Traductora al español María ...